Internet, la era de la incomunicación

NOTA: Texto rescatado de la sección de artículos de la antigua versión Web de Avalon Software en 2004. Texto publicado originariamente el 2/Noviembre/1999.

Dedicado a: aquellas personas que me importan.

En una época donde cada ordenador está conectado con el de al lado, ¿cómo es posible que los propios usuarios no estén conectados de una manera similar? A medida que avanzan las comunicaciones y la técnica en sí, veo como mi entorno no mejora el aspecto más sencillo: la comunicación entre personas.

Hace tiempo, cuando empecé con los ordenadores, las comunicaciones entre máquinas estaban a precios prohibitivos. No sólo el hecho de que Internet aún no fuera sencillo de configurar, barato o en definitiva casi la única forma de conseguir información rápida y de cualquier punto del planeta.

Entonces apenas existían módems de 2400 baudios, y se antojaban en ampliaciones carísimas. Aún así, poco a poco y con la ayuda de unos amigos empecé a meterme en el mundo de las comunicaciones con mi primer módem, uno de 2400 baudios interno, que usé en mi primer PC: un 486/33 Mhz.

Al principio, como todo el mundo, la utilidad principal para la que sirvió fue para coger programas por el teléfono. Más tarde descubrí otro mundo, mucho más gratificante de lo que era ver como una barrita de porcentaje decrecía o aumentaba hasta el final y poder ver lo que había transferido de un ordenador a otro, aquella nueva posibilidad era: la mensajería.

Enviar mensajes la verdad es que no tiene ningún secreto, y quizás al principio no pueda parecer tan atractivo como coger el programa que uno mismo elija, o distribuir el suyo de la misma forma. Pero pronto uno aprende a apreciar que lo importante no son los megas que te hayas ajenciado o si ha sido productivo el día de comunicaciones. Quizás todo el mundo no sea igual que yo (gracias al cielo ), pero si hay muchos que piensan como yo.

Lo importante de la mensajería vía ordenadores es la posibilidad de intercambiar opiniones, hablar de cualquier tema, con cualquier persona, unas veces amigo tuyo, y otras incluso desconocido. Aquel tema que te apasiona, aquella discusión que no llega a ningún fín, expresar ideas, crear en conjunto un proyecto. Se abren multitud de posibilidades nuevas. Ver como con una simple palabra de saludo una amistad crece y crece con el tiempo.

Cuando yo empecé a comunicarme de esta manera, seguíamos una pequeña rutina a diario, en la que cada día podía sucederse con multitud de finales diferentes. Escribir un par de mensajes nuevos pidiendo ayuda u opinión sobre algún tema. Recoger los nuevos correos enviados por otras personas. Contestar aquellas conversaciones pendientes. Recibir con ansias aquel mensaje de una persona especial. O esperar impaciente las contestaciones que acababas de enviar. Siempre había un hueco en el tiempo para dedicarle a unas personas. Conocidos, amigos, personas importantes de la vida de uno.

A fin de cuentas, cuando no existían los ordenadores, el correo postal suplía esa necesidad, aunque fuera una velocidad mucho más tardía. Quién haya utilizado alguna vez este sistema tan antiguo con sus amigos sabrá de qué estoy hablando. Y si lo ha continuado con alguien podrá saber que clase de conversaciones, sentimientos, palabras y en definitiva multitud de horas de espera y cartas contestadas.

Pero hoy en día, el mundo va tan rápido, es tan bueno, y mejor, que poco tiempo se le dan a las cosas que verdaderamente importan. La mayoría de las personas están todo el día entregadas a un trabajo que en la mayor parte del tiempo no les gusta, que lo hacen para ganar un poco de dinero con el que pagar la comida y vivienda. Las conversaciones se suceden en el día con un «hola», una despedida, un «¿qué le pongo?», «cuesta tanto», y ahí se acaba la profundidad y lucidez del día.

Cuando todo el mundo está más conectado, con más medios de intercambio en su entorno, con más posibilidades que nunca, menos comunicación existe. ¿Será posible que las máquinas que el hombre ha inventado sean más sociables que el propio hombre? En un mundo así, nada importa.

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